SOMOS MUCHOS, PERO SOMOS SOLO UNA HUMANIDAD

 

   La humanidad no necesita ni de patrias ni de banderas, tan solo ser reconocida en su belleza y en sus potenciales. El humanismo o es válido para toda la humanidad o no es humanismo. Ver en el necesitado sus necesidades es el primer paso, pero no hay que olvidar que sus necesidades no se acabarán hasta que sepamos reconocer en él su grandeza como ser único, su calidad de pieza insustituible en el puzle de la creación de una humanidad auténticamente humana, que es capaz de por fin expresar su plena belleza y creatividad y dedicar ambas a la construcción de un nuevo mundo: somos muchos, pero somos solo una humanidad.


La humanidad ha de acogerse a sí misma y descubrir los bellos futuros que le esperan. La fe en la humanidad ha de ser más grande que sus dramas y sus divisiones, precisamente por eso ha de ser un valor educativo esencial: que nadie salga de la escuela sin creer en la humanidad.


CÓMO ABRIR EL REGALO DE LA IGNORANCIA DE LOS DEMÁS


  La ignorancia de los demás es también una oportunidad de crecimiento para nuestra propia sabiduría. Relacionarnos con lo que ya hemos superado nos ayuda a ver a las personas más allá del punto evolutivo en el que se encuentren, a reconocerlas por lo que son más que por lo que creen y a detectar en nosotros prejuicios ocultos. 



   El regalo de la ignorancia de los demás solo se puede abrir desde la inocencia de verlos más allá de lo que esperamos de ellos, más allá de lo que en el momento estén experimentando para su propia evolución; si así lo hacemos cada "ignorante" será luz para nuestro propio crecimiento. En el fondo, el regalo más importante que nos otorga la sabiduría es aprender a disfrutar de todos y de todo, pudiendo así estar agradecidos a todos y a todo.